jueves, 3 de abril de 2014

PARA MIS ALUMNOS DEL GRUPO R1 DE LA MATERIA DE DERECHOS HUMANOS E INDIGENA


CAPÍTULO I

LOS DERECHOS HUMANOS Y EL NUEVO ORDEN

1.     LOS DERECHOS HUMANOS.- La primera cuestión que se nos aparece al intentar cualquier aproximación al tema de los derechos humanos se relaciona con la necesidad permanente de su replanteo. ¿Por qué repensar los derechos humanos? Y ¿qué significa repensarlos? Son dos primeras preguntas, de cuyas respuestas dependerá, en buena medida, el tipo de abordaje que se haga después.

            Esta necesidad de repreguntarnos una y otra vez sobre cuestiones de alguna manera preliminares está marcada por el carácter dinámico de la temática, por lo provisorio de las argumentaciones y por los avances y retrocesos que, en el plano de lo fáctico, sufre la defensa de tales derechos.

            A diferencia de lo que ocurría respecto de las discusiones entre “derecho positivo y derecho natural” o entre “derecho y moral”, de las que daban cuenta los antiguos manuales de Introducción al Derecho o Filosofía del Derecho, zanjadas apriorísticamente por una toma de posición a favor de la vinculación “necesaria” o una desvinculación, igualmente “necesaria”, entre los respectivos campos, no resulta posible dividir áreas de “derechos positivos” y “derechos humanos”, ni tampoco unirlas sin discusión en un solo y homogéneo objeto de estudio, claro y distinto —en terminología cartesiana—, que pretenda, pedantemente, resolver todo interrogante futuro.

            No, los derechos humanos no son un nuevo nombre para una vieja discusión y sí, en todo caso, el tema de “derecho y moral” se convierte en un viejo nombre para una nueva problemática.

            Entre los múltiples enfoques posibles del tema (normativo interno, normativo internacional, antropológico, y aun psicoanalítico) nosotros preferimos repensarlo, aquí y ahora, desde un abordaje histórico-político, en primer lugar; y, seguidamente, desde otro que podríamos denominar sociológico-jurídico. Y, en ambos casos, no como ocurría con las viejas cuestiones que hemos mencionado, en términos de tensión y de conflicto. Conflicto entre voluntarismo y racionalismo, en el primer caso, y entre legalidad y legitimidad, en el segundo.

2.     EL ABORDAJE HISTÓRICO-POLÍTICO.-  El primer momento del conflicto (las tesis, en terminología de la lógica dialéctica) estaría representado por el Estado antiguo, tal como era éste concebido en la Edad Media, cuya regla podría haber sido “el poder como razón”, y cuya divisa fue sintetizada por Luís XIV cuando hizo grabar en sus cañones la frase ultima ratio regum (última razón de los reyes), o el verso Juvenal (Sátiras, VI, 223) “Hoc volo, sic jubeo, sit pro ratione voluntas”(Lo quiero, lo mando, sirva mi voluntad de razón).

            El segundo momento (la antítesis) sería representado por el Estado moderno, tal como fuera pensado por el Iluminismo, y cuya regla sería, en cambio, “la razón al poder”. En el Estado moderno “lo razonable” aparece como axiológicamente válido, y, por lo tanto, jurídicamente válido. Autolimitación, moderación, razonabilidad, son voces que dan contenido al nuevo concepto de justicia, desplazando otros contenidos posibles de tipo paternalistas, tales como bien común o bienestar general.

            Pero los adjetivos “antiguo” y “moderno” agregados a la palabra “Estado” aluden solamente a momentos de aparición, y no a la superación del primero por obra del segundo. El Estado antiguo no sólo subsiste en algunas regiones apartadas, sino que se instala a menudo dentro del propio Estado moderno, amparado por la “lógica de la emergencia” —de la que habla Agamben—, por las “razones del Estado”, por el “estado de sitio”, por el “estado de guerra”, por el “estado de necesidad”, o, más modernamente, por la “seguridad nacional”. Edgar Morin recuerda que:

            “Los primeros gérmenes de la barbarie histórica hacen su aparición (...) seis mil años atrás en los grandes imperios del Medio Oriente. Se perpetuaron hasta hoy y ha producido las diversas formas de la barbarie de conquista y de colonización, como las de Tamerlán o Gengis Chan. Pero estas conquistas no forman imperios duraderos, mientras que las de Europa Occidental tendrán consecuencias a largo plazo: la colonización se termina sólo después de la Segunda Guerra Mundial, e incluso más tarde en el caso de Portugal. A partir de fines del siglo XV surge una barbarie que no existía en el Imperio Romano o en los antiguos imperios del Medio o del Extremo Oriente... Hay que decir que la Segunda Guerra Mundial llevará hasta su clímax estas dos formas de barbarie”.

            En tales supuestos el Estado moderno, el del contrato social, el del Estado de derecho, el de la democracia real, el de las seguridades individuales y el del reglamentarismo, cede a la tentación del voluntarismo, cuando no a la soberbia y al autoritarismo, especialmente en el área del derecho público en su totalidad, y del derecho privado en un punto de cuestiones de singular trascendencia económica. Por otra parte, el gobierno de los funcionarios reviste cada vez una actitud más gerencial respecto de un sistema cuyos linchamientos parecen fijarse fuera de la sede de gobierno.

            Aun cuando no sea literalmente cierta la tesis de Umberto Eco respecto a que el mundo se encuentra próximo al advenimiento de una nueva Edad Media, el análisis del semiólogo italiano resulta válido, en cuanto considera al momento actual como de articulación con un futuro caracterizado por un nuevo agrupamiento de los factores de poder. La cuestión es si se trata de un retorno al momento de la tesis, al poder sólo limitado por el poder, o si, de manera novedosa, se trata de un nuevo momento de síntesis. Frente al “poder como razón”, y a “la razón al poder”, algo así como “el poder a la razón”, esto es, en términos políticos, el paso de la democracia formal o representativa a la democracia de plena participación.

            Los argumentos usados habitualmente para justificar la democracia indirecta y, a la vez, descalificar la posibilidad de una democracia directa se basan en la cuestión del número. La democracia directa sólo resulta posible en grupos pequeños, las sociedades numerosas no pueden funcionar en asambleas, ergo, deben delegar su poder en un representante, o en un número no excesivo de representantes (luego, los representantes invocarán el argumento de la emergencia para actuar sin consultar los intereses de los representados y, en tal caso, el despojo del poder se habrá terminado de consumar.) Santo Tomás de Aquino decía en su época:

            “Es además claro que varios gobernantes* no podrían mantener la unidad de la multitud si no estuviesen de acuerdo. Por tanto se requiere de todos ellos una cierta unión, para poder gobernar de algún modo, como no sería posible conducir una nave a ninguna parte si varios estuvieran de alguna manera en desacuerdo. Se dice que muchas cosas están unidas en cuanto se acercan a la unidad. Por tanto mejor gobierna uno que muchos, en cuanto éstos se acercan a la unidad. Además, lo mejor es aquello que proviene de la naturaleza misma, y la unidad natural es la de un hombre, y es la más perfecta; luego el gobierno ordinario más natural es el dirigido por uno”.

            Sin embargo, el argumento del número contiene una petición de principio: da por sentado justo aquello que está en discusión, esto es, que el Estado de derecho es igual al gobierno de las leyes. Si esto es cierto, no lo es menos que las leyes deben ser redactadas por grupos relativamente pequeños, y, por lo tanto, la soberanía popular sólo puede ejercerse de manera indirecta. Pero, ¿es realmente cierto?

            La identidad “Estado de derecho” y “gobierno de las leyes” es una decisión ideológica, no una descripción. Implica la justificación de la ley y la descalificación de la costumbre, por ejemplo, como fuente creadora y derogatoria de derecho. En relación con la identificación del derecho con la Ley, Jorge Luis Borges decía —en la última conferencia pronunciada en la Argentina, en la Asociación de Abogados de Buenos Aires— que:

. .mi padre era un escéptico y era abogado. Y él no creía, tampoco, en la etimología que le enseñaban, decía que los códigos eran leyes del juego propiamente. —¿No creía su padre en los códigos? —No, él decía que eran leyes del juego y que de como aprender a jugar al ajedrez, no digamos que es poco, pero pensar que los códigos son manuales de ajedrez, no digamos que es poco, pero sería muy pobre”.

            En la misma línea, comentando los conceptos de Foucault vertidos en Vigilar y Castigar, Deleuze sostiene que:

            “La ley es una gestión de los ilegalismos que ella diferencia al formalizarlos... unos que permite, hace posible o inventa como privilegio de la clase dominante, otros que tolera como compensación de las clases dominadas, o que incluso hace que sirvan a la clase dominante, otros, por último, que prohíbe, aísla y toma como objeto, pero también como medio de dominación”.

            Ello sin contar con otros institutos que se apartan de tal identificación, como el antiguo concepto de “derecho de resistencia a la opresión”, o el moderno de “desobediencia civil” (o resistencia pacífica) —que tendremos oportunidad de analizar en el último capítulo de esta obra— acuñados por Gandhi o Martin Luther King en el siglo XX, y que es objeto de cuidadosos análisis por politólogos contemporáneos.

3.     EL abordaje sociológico-jurídico.- Según dijimos, así como el enfoque histórico-político nos permite visualizar el conflicto entre racionalidad y voluntariedad, el abordaje sociológico-jurídico nos permitirá discurrir sobre el conflicto entre la legalidad y la legitimidad, entendiendo a la primera como el encuadramiento de un hecho o de un tipo de sistema jurídico dado, y a la segunda como la justificación de ese hecho, de esa norma y, aun, del propio sistema.

            Al igual que en el tema anterior, las tendencias estáticas tradicionales prescindían del conflicto, o bien confundiendo los campos mediante la identidad entre legalidad y legitimidad, o bien separándolos irreduciblemente; la legalidad como calificación jurídica, y la legitimidad como calificación de la política o ética. Nosotros entendemos que la tensión es dinámica, de modo tal que ambos criterios se visualizan como una lucha dentro del mismo campo: el campo de la realidad social conectado con el sistema jurídico. Las hipótesis de emergencia y de desobediencia civil mencionadas en el punto anterior ejemplifican, precisamente, esa zona de contacto, donde la legalidad tiende a traspasar la barrera de la legitimidad, en el primer caso, y donde la legitimidad, a su vez, hace lo propio con la frontera de la legalidad, en el segundo.

            En el primer momento de ese conflicto podemos percibir una lucha respecto al poder entre el individuo y el grupo o corporación que pretende hegemonizarlo (en tipología medieval, la nobleza, la Iglesia, las corporaciones profesionales, etcétera). En el segundo momento, en cambio, el lugar de las corporaciones es ocupado por el Estado, en su doble rol de detentador del monopolio del uso de la fuerza y garante de los derechos individuales. El aspecto ambiguo de esta relación se explica con el concepto de la autolimitación y con la separación entre “Estado” (ente abstracto) y “gobierno” (ente concreto), de modo que éste quede limitado por aquél. El funcionario de gobierno que actúa fuera de los límites de su función (al menos, ésa es la teoría) lo hace a título personal y bajo su responsabilidad como súbdito del mismo Estado.

            Pero la realidad del Estado actual hace que el principio de la autolimitación resulte, al menos, insatisfactorio. La acumulación de poder, resultante de los adelantos tecnológicos —incluyendo la informática—, y la acumulación económica ensanchan la brecha existente entre el individuo y el Estado, por una parte, mientras que, por la otra, los funcionarios de gobierno difícilmente pueden, frente al enorme poder confiado a sus manos, resistirse a la tentación de usarlo —en la mejor de las hipótesis— con criterio paternalista. Además, esa misma acumulación de poder desplaza el centro de decisión de los Estados hacia grupos extranacionales (económicos, políticos y jurídicos), con lo cual la relación con el individuo queda mediatizada.

            En el tercer momento, entonces, el individuo desaparece de la relación de poder, y, si no desaparece también como individuo, es en virtud de su respuesta a los

            Fenómenos nuevos mediante la única arma a su alcance: el agrupamiento en asociaciones intermedias, reconocidas y no reconocidas por el sistema jurídico, y aun extra- nacionales. La proliferación de los movimientos sociales y de las organizaciones no gubernamentales, si bien puede reconocer antecedentes históricos (y.gr., el origen del movimiento obrero en el siglo pasado), ocurre principalmente en el siglo XX, y, en especial, después de la Segunda Guerra Mundial y la creación de la ONU. Y es en el específico campo de los derechos humanos, junto al área laboral y de la ecología, donde más fuerte resulta la presencia de estos movimientos y organismos.

            También la integración regional viene tomando impulso en este tercer momento, de derecho y de hecho en las últimas décadas, fenómeno éste que debe también ser relacionado, en nuestro caso, con los procesos de redemocratización en que está empeñada Latinoamérica. De derecho, a luz de los tratados que se suscriben para la cooperación de economías complementarias. De hecho, por la gestación de una política comercial cuyos esfuerzos recaen principalmente sobre el sector privado. Sin embargo, resulta todavía débil la integración en otros campos no económicos, como los de la cultura en general y de los derechos humanos en especial.

            Esta integración cultural y tuitiva de la persona, sin embargo, surge espontáneamente merced a otros fenómenos sociales: el turismo, las migraciones laborales, los intercambios estudiantiles, de investigadores, bibliográficos, la televisión satelital, la red informática, las giras artísticas, etcétera, fenómenos éstos que adquieren nueva vida en democracia.

            Pero el surgimiento espontáneo debería ser acompañado por nuevas formas de organización social que evite su vulnerabilidad natural. En efecto, cualquiera de los fenómenos enunciados depende de una multiplicidad de circunstancias de hecho que, por imperio de esas mismas circunstancias o de una legislación restrictiva, puede provocar su involución.

            Las poblaciones asentadas en las márgenes opuestas de un río deberían tener, respecto de él, idénticos intereses, independientemente de sus respectivas nacionalidades. Un basurero nuclear, una central atómica contaminante, un derrame de petróleo, las nubes tóxicas, etc., afectan potencialmente las poblaciones de los Estados vecinos.

            El conocimiento y respeto recíproco de las lenguas, costumbres y tradiciones pueden redundar en un beneficio también común a las.poblaciones limítrofes. En otro sentido, las discriminaciones que sufra un extranjero en un país‘provocarán una discriminación inversa en el propio. Y así sucesivamente.

            A diferencia de las alianzas, ententes, o acuerdos internacionales, la integración es, fundamentalmente, una cuestión de fe democrática. La concepción de los derechos humanos entendidos no sólo como la protección contra las violaciones, sino también como la creación de las condiciones para el desarrollo de la persona.

4.     EL NUEVO ORDEN MUNDIAL.-  El 6 de agosto de 1945, el Enola Gay, una súper fortaleza volante B-29 norteamericana, al mando del comandante Paul Tibbets, dejaba caer —por orden directa del presidente Truman— una bomba atómica sobre el puerto y base naval de Hiroshima, Japón, matando a más de 100.000 personas, la mayoría de ellas civiles. Tres días después la experiencia se repetiría en Nagasaki y el 2 de septiembre, a bordo del acorazado USSMissouri, Japón firmaba la rendición, poniendo fin a la Segunda • Guerra Mundial. Una guerra que había cobrado, aproximadamente, 55 millones de vidas, más de la mitad de las cuales pertenecían a civiles. Tal vez Paul Tibbets no pensaba en nada de esto, ni mucho menos en que estaba poniendo fin no sólo a una guerra, sino también a toda una época, a la época en que héroes y villanos tenían nombre y apellido. El 6 de agosto de 1945, o quizá bastante antes, el “Hombre” del Renacimiento había vuelto a morir. Respecto del bombardeo nuclear, Edgar Morin señaló:

            “La idea que llevó a esta nueva barbarie es la aparente lógica que coloca sobre un platillo de la balanza a los 200.000 muertos debidos a la bomba, y sobre el otro a los dos millones de muertos -entre los cuales se cuentan 500.000 GI norteamericanos— que habría costado la prolongación de la guerra por medios convencionales. Al menos así serían los números si se los calculara a partir de una extrapolación de las pérdidas sufridas solamente en la toma de Okinawa. Hay que decir primero que estas cifras han sido voluntariamente exageradas. Pero, por sobre todo, no hay que temer poner en primer plano un factor decisivo que entró en la decisión de recurrir a la bomba atómica. En la conciencia del presidente Truman y de numerosos norteamericanos, los japoneses eran sólo ratas, sub-humanos, seres inferiores”.

            Menos de dos meses antes de estos hechos, el 26 de junio, se había firmado la Carta Fundacional de las Naciones Unidas, suscripta por cincuenta países, estableciendo su sede en Nueva York y determinando el funcionamiento de sus dos órganos principales: la Asamblea General y el Consejo de Seguridad; y también de otros organismos de actuación específica, como la Corte Internacional de Justicia (con sede en La Haya), la Organización Internacional del Trabajo (OIT) y la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco). Así, la ONU, junto al Banco Internacional para la Reconstrucción y Desarrollo (BIRD) y el Fondo Monetario Internacional (FMI), fundados un año antes en Bretton Woods, formaron los tres pilares en los que se asentaría el nuevo orden mundial de la posguerra. El Banco Internacional (hoy Banco Mundial), integrado por casi todos los países del mundo, fue creado para colaborar con la reconstrucción de Europa, aunque posteriormente comenzó a dar créditos para fomentar la realización de obras públicas en el llamado “mundo en vías de desarrollo” (luego “subdesarrollado” a secas, o también “Tercer Mundo” tomando como referencia la polarización de la Guerra Fría). Esos créditos estaban condicionados a la ejecución de reformas neoliberales. En el mes de julio de 1997, en una reunión celebrada en Montevideo se definió la llamada “reforma de segunda generación” apuntando a la educación y a la salud, junto con el mayor desarrollo del sector bancario, el equilibrio fiscal, la reforma laboral y la eficiencia y transparencia en el sector público. Como puede apreciarse, esta “reforma de segunda generación” sigue habitada por las ambivalencias del ya mencionado (y ya perimido) orden mundial de la posguerra. Un orden que frenó la posibilidad de un tercer enfrentamiento bélico total, que procuró estimular una solidaridad y cooperación entre las naciones, que afirmó paulatinamente los derechos humanos —especialmente en el plano teórico-jurídico—, pero que, al mismo tiempo, se desenvolvió entre nuevos genocidios, guerras frías y convencionales, que acumuló un arsenal explosivo —las armas nucleares estratégicas acumuladas en los arsenales del mundo bastarían para destruir varias veces nuestro planeta (su potencia combinada es de más de un millón de veces superior a la de la bomba que destruyó a Hiroshima en 1945)—, gastando 1.000.000 de dólares por minuto en armamentos (como dato ilustrativo podemos recordar que el precio unitario de un avión de caza se ha duplicado cada 4 o 5 años, pasando de unos 250.000 dólares por avión durante la Segunda Guerra Mundial a más de 10 millones de dólares en la actualidad, debido a las mejoras en su funcionamiento y la posesión de un armamento más caro y eficaz), generando desigualdades económicas nunca vistas (el PBI de las naciones industrializadas es 40 veces superior al de los países menos adelantados), contaminando masiva y apresuradamente el hábitat humano, y que continúa atacando la vida y la dignidad de las personas, por sus opiniones, creencias, origen, etc.

 

INTRODUCCIÓN A LA CRIMINOLOGÍA

Para los alumnos de la Materia de Criminología del Segundo año del Grupo D1

 

INTRODUCCIÓN A LA CRIMINOLOGÍA


1. EL CONCEPTO DE CRIMINOLOGÍA: CARACTERES.- Existen pluralidad de definiciones sobre criminología, y ello es normal si tenemos en cuenta su complejidad. Sin embargo, suele admitirse por la opinión mayoritaria que ésta es una ciencia empírica que se debe ocupar, al menos, del crimen y de la persona del delincuente, así como de la ejecución de las sanciones penales, de la prognosis y del tratamiento del infractor.

            Hoy en día el concepto actual más aceptable de Criminología, mediante la aproximación a las distintas clases de conocimientos que engloban el saber criminológico y los distintos ámbitos de la realidad que deben ser analizados para comprender el fenómeno delincuencial, es el que asume HERRERO[2] y que aquí se comparte, que define a la Criminología como "Ciencia empírica e interdisciplinar, que se ocupa de las circunstancias de la esfera humana y social relacionadas con el surgimiento, la comisión y la evitación del crimen, así como del tratamiento de los violadores de la Ley".

            De la anterior definición se deduce el carácter científico-empírico de la Criminología, esto es, la investigación se funda más sobre observaciones que sobre opiniones. El sólido fundamento de esta ciencia son los hechos constatados y las observaciones recogidas, a cuya luz se revisan hipótesis y teorías[3]. A este respecto GARCIA-PABLOS: dice que el criminólogo analiza unos datos e induce las correspondientes conclusiones. Sus hipótesis se verifican, doblegándose siempre a la fuerza de los hechos que prevalecen sobre los argumentos subjetivos "de autoridad".

            Este carácter empírico lo describe perfectamente E. SEELIG: "Como quiera que los fenómenos reales sólo pueden ser conocidos por medio de juicios de percepción (experiencia), la Criminología pertenece a las ciencias empíricas que se sirven del método inductivo (por oposición al as ciencias apriorísticas, como la Matemática, que extraen conclusiones deductivamente). Por ello no se puede cultivar en un gabinete; nunca se podría descubrir por medio de operaciones puramente mentales cómo son realmente los delitos y cómo reacciona la sociedad ante los delitos cometidos, sino que el investigador tiene que interrogar a la vida misma ateniéndose con todo rigor a los hechos de la experiencia. De ahí que haya que rechazar las tendencias que propugnan dentro de la Criminología métodos especulativos".

            También es importe destacar la naturaleza interdisciplinaria de la Criminología, pues el análisis científico del crimen, como comportamiento individual y como hecho social, requiere de una pluralidad coordinada de enfoques, ya que cada uno de ellos contribuye desde su particular óptica a un diagnóstico global, totalizador, del fenómeno delictivo. En este sentido GARCIA-PABLOS: explica que autonomía y especialización no son principios realmente antagónicos, sino funcionalmente complementarios. La Criminología es algo más que la Biología Criminal, que la Psicología Criminal o que la Sociología Criminal, pero tampoco puede prescindir de ellas.

            La interdisciplinariedad no sólo es importante para la calidad y valor de cada investigación en particular, sino que tiene importancia también para la praxis policial y jurídico-penal, incluida la ejecución de la pena. Sólo la exigencia de que la investigación y la crítica se hagan con arreglo a puntos de vista interdisciplinares pueden garantizar que las cuestiones relevantes se concentren en el campo de los problemas criminológicos, que el círculo cuestionable del investigador se mantenga lo suficientemente abierto y aprenda a mirar más allá de su propia especialidad, trabe conocimiento con puntos de vista ajenos y se ocupe de ellos.

            Como conclusiones a lo expuesto sobre el concepto y caracteres de la Criminología, podemos decir, en palabras de HERRERO, que es una ciencia empírica y aplicada que, sirviéndose de la observación, la experimentación, la estadística, sin excluir la reinterpretación y reflexión sobre los datos aportados a través de estos métodos, dirige su investigación sobre el delincuente, las víctimas, los ciudadanos sometidos a juicio, los agentes del sistema penal en su interacción, los mecanismos y estrategias, asi como los oportunos recursos, para conseguir tales objetivos.

            Se trata de ofrecer a los ciudadanos, a los legisladores, a la Administración y a la Magistratura, una imagen cada vez más detallada y precisa sobre los actores y el escenario físico y social, donde se desarrollan los conflictos que reclaman su intervención. Esto quiere decir que la Criminología no ha de quedarse en una pura ciencia contemplativa o ilustrativa, sino comprometerse a fondo en transformar, en lo posible, la realidad, de acuerdo con conclusiones adecuadamente inferidas. La Criminología ha de ser una ciencia para la praxis, a la que ha de informar, promover y orientar.

            Como bien dice DENIS SZAB: la Criminología, para existir como disciplina, debía constituirse en una ciencia y en una profesión. Una ciencia; es decir, una disciplina que desarrolla sus conocimientos a partir de un "vaivén" continuo entre la reflexión técnica y la investigación empírica. Una profesión; es decir, una praxis que articula los conocimientos y la acción, tanto en un plano de políticas criminales como de intervención directa respecto de individuos y grupos. Lo uno y lo otro se fundamenta al amparo de la multidisciplinariedad.

2. EL OBJETO DE LA CRIMINOLOGÍA: Según la definición de Criminología, el objeto de esta disciplina viene integrado por el delito, el delincuente, la víctima y el control de la conducta desviada.

a) El delincuente.- La Criminología tradicional, por su raigambre positivista, potenció al máximo el protagonismo de la persona del delincuente, creyendo poder encontrar en una supuesta diversidad del mismo, patológica, la explicación científica del comportamiento criminal. Por el Contrario, en la moderna Criminología -de corte prioritariamente sociológico- el examen y significado de la persona del delincuente pasa a un segundo plano, desplazándose el centro de interés de las investigaciones hacia la conducta delictiva misma, la víctima y el control social[9].

b) El delito.- Sigue siendo objeto básico de la investigación criminológica, pero el concepto de "delito", en cuanto implica una referencia obligada a "normas", cambia con la evolución de la sociedad y de la cultura. Es, temporal y espacialmente, relativo, circunstancial. Del mismo modo que el contenido y volumen de las conductas que se criminalizan ha variado ostensiblemente en los últimos cien años. Sin embargo, a la moderna Criminología le interesan diversas facetas más llamativas del "crimen" que su delimitación formal, conceptual; preocupa, por ejemplo, su problematización, las funciones positivas que pueda cumplir como instrumento e indicador del control social, el volumen estructura y movimiento de la criminalidad, las estrategias criminalizadoras y descriminalizadoras, el efectivo reparto de la criminalidad entre los distintos estratos sociales, etc.

c) La víctima.- El interés por la víctima como objeto de la Criminología y la elaboración científica de una teoría de la víctima es un fenómeno reciente, que tiene lugar a partir de la segunda contienda mundial. Aunque parezca paradójico, tanto la Criminología como el sistema penal han volcado sus esfuerzos de forma exclusiva en el delincuente, abandonando el estudio de la víctima, que sólo ha merecido de la sociedad compasión. Pero es obvio que en un futuro próximo el estudio de la víctima atraerá la atención que merece, puesto que la Criminología dispone ya de un cierto núcleo de conocimientos sobre cuestiones como: aptitudes y propensiones de los sujetos para convertirse en víctima, tipología victimaria, relaciones entre delincuente y víctima, grados de coparticipación o corresponsabilidad de la víctima en el delito, influencias sociales en el proceso de victimización, daños y reparación, profilaxis criminal, comportamiento de la víctima como agente informal del control penal, etc.

d) El control social.- Finalmente, el análisis científico del control social del comportamiento desviado ha ampliado y enriquecido el objeto de la investigación criminológica en los últimos lustros. El mérito es debido, en buena medida, según GARCIA-PABLOS, al labelling approach o social reaction approach, impulso de una Criminología más dinámica e interaccionista, que desplaza el centro de interés de aquélla del delito y el delincuente al control social, a la propia reacción social: de las teorías de la "criminalidad" a las de la "criminalización", cuestionando el propio paradigma "etiológico".

            El control social, esto es: el estudio de los "mecanismos" a través de los cuales la sociedad despliega su supremacía sobre los individuos que la componen, consiguiendo que éstos acaten sus normas, y de modo muy particular los de carácter "penal" (el control social penal destaca entre todos los controles sociales por sus fines y medios, representando la dirección normativa de estructura más formalizada y racional). Debe, pues, ensanchar el ámbito tradicional de su objeto, incorporando al mismo el análisis científico de los diversos sistemas normativos del control social (religión, moral, ética, usos y costumbres, terapias varias), de sus portadores e instancias (Iglesia, opinión pública, ciencias, familia y escuela, profesión, etc.), estrategias (prevención, socialización, represión), de sus sanciones (positivas y negativas) y destinatarios, según sus respectivos estratos sociales.

3. CRIMINOLOGÍA Y CIENCIAS RELACIONADAS CON ELLA:

A.- Criminología y Derecho Penal. Derecho Penal y Criminología son dos ciencias distintas: la ciencia penal es una ciencia "jurídica", "cultural", "normativa", del "deber ser"; la Criminología una ciencia "empírica", una ciencia del "ser". La ciencia penal, en sentido amplio, se ocupa de la delimitación, interpretación y análisis teórico-sistemático del delito (concepto formal), así como de los presupuestos de su persecución y sus consecuencias. El objeto de la ciencia penal viene dado por las normas legales (objeto normativo), y quienes cultivan la misma emplean un método "deductivo-sistemático" para analizar el hecho "criminal". La Criminología, por el contrario, se enfrenta al delito como fenómeno "social", y se sirve de métodos empíricos para examinarlo. Como dice KAISER, compete a la Criminología el análisis, despojado hasta donde sea posible de valoraciones, de las circunstancias y formas reales de aparición relacionadas con lo que concierne a génesis, desarrollo y control del delito. Sin embargo, aunque difieren en el planteamiento de los problemas, el proceder metódico y los intereses cognoscitivos, el delito y el control del delito proporcionan puntos de referencia y de partida comunes.

            A este respecto HERRERO, reseña que los sujetos de estudio de la Criminología son, muy a menudo, los sujetos activos del Derecho Penal. Y éste ha asumido instituciones que tienen o han tenido su origen en el campo de aportación criminológica: la individualización de la pena, la dirección de ésta, la acogida de no pocas medidas de seguridad, la libertad condicional, la condena condicional, la sustitución de penas…

            Actualmente parece haberse asumido la idea de que no pueden disociarse la especulación teórica y el análisis empírico. Que la supresión y control eficaz de la criminalidad requieren de ambas. Criminología y Derecho Penal deben coordinar sus esfuerzos, sin pretensiones de exclusividad o intransigencias, pues una y otra disciplina gozan de autonomía por razón de sus respectivos "objetos" y "métodos", pero están llamadas a entenderse, son inseparables. Un Derecho Penal distanciado de la investigación criminológica, sin respaldo empírico, corre el riesgo de convertirse en mero "decisionismo"; la actividad de los juristas, en simple "especulación" teórica; y la política criminal que lo inspire, poco sensible a la realidad social y a los conocimientos científicos, carecerá del rigor y seriedad que garantizan la propia efectividad de las leyes. Una praxis criminológica, desconectada del Derecho penal, renuncia al único instrumento que posibilita la aplicación práctica del saber empírico con absoluto respeto de las garantías de seguridad e igualdad que rigen en un Estado de Derecho.

            La legislación y la praxis son cada vez más receptivas y sensibles al conocimiento criminológico. Y la Criminología se preocupa, cada vez más, por inspirar científicamente ambas. La Dogmática penal se vuelca, se abre hacia la "realidad social", y las ciencias empíricas ofrecen su colaboración al legislador. En este proceso de recíproca aproximación ha jugado un papel decisivo la Política Criminal.

B.- Criminología y Política criminal. La política criminal se refiere, como parte de la política, a la protección de la sociedad con base jurídico criminal. Como quiera que ningún sistema conocido de defensa de la sociedad, medido por la criminalidad y sus indeseables efectos, resulta satisfactorio, el centro de gravedad de la política criminal se halla siempre en la renovación del Derecho penal, la reforma de la Administración de Justicia penal y del sistema de penas. Por ello no raras veces se consideran sinónimos Política criminal y reforma del Derecho penal. Por lo tanto, la política criminal, apunta sobre todo al análisis científico de las correspondientes reflexiones y procesos de formación de la voluntad del legislador, en especial a la renovación del concepto de delito y del sistema de sanciones. Pero la política criminal no puede renunciar a la valoración de los datos empíricos, si es que trata de ser convincente.

            La Política criminal, en cuanto disciplina que ofrece a los poderes públicos las opciones científicas concretas más adecuadas para el eficaz control del crimen, y las alternativas legales consiguientes, ha facilitado la recepción de las investigaciones criminológicas y su transformación en preceptos normativos. Ha sido el puente necesario entre el saber empírico (Criminología) y su concreción normativa (legislación penal). La Criminología está llamada a aportar el sustrato empírico del mismo, su fundamento "científico". La Política Criminal, a transformar la experiencia criminológica en "opciones" y "estrategias" concretas asumibles por el legislador y los poderes públicos. El Derecho Penal, a convertir en proposiciones jurídicas, generales y obligatorias, el saber criminológico esgrimido por la Política Criminal con estricto respeto de las garantías individuales y de los principios de seguridad e igualdad propios de un Estado de Derecho. Por ello, se comparte hoy día la opinión de que Criminología, Política Criminal y Derecho Penal son tres pilares del sistema de las "ciencias criminales", recíprocamente interdependientes.

C.- Criminología y otras disciplinas criminales.- No existe una opinión unánime en torno a las disciplinas que integran la Criminología y las relaciones entre ellas. Tradicionalmente existe una abierta pugna entre dos concepciones, la amplia que patrocina la escuela austríaca (concepción enciclopédica) y la estricta.

Para la concepción enciclopédica de la escuela austríaca, pertenecen a la Criminología todas las disciplinas que se ocupan del estudio de la realidad criminal en sus muy diversas fases o momentos, tanto en el estrictamente procesal, como en el político-preventivo o el represivo.

Para la concepción estricta, por el contrario, algunas disciplinas que la concepción enciclopédica incluye en las ciencias criminológicas quedan segregadas, excluidas.

De acuerdo con la concepción enciclopédica pertenecen a la Criminología las disciplinas siguientes:

En cuanto a las relacionadas con la realidad:

a) La Fenomenología criminal, que se ocupa del análisis de las formas de aparición de la criminalidad.

b) La Etiología criminal, que investiga las causas o factores determinantes de la criminalidad.

c) La Prognosis, que formula los oportunos diagnósticos y pronósticos sobre el futuro comportamiento y peligrosidad del autor.

d) La Biología criminal, que trata de comprender el delito como producto de la personalidad de su autor.

e) La Psicología criminal, que indaga las motivaciones de la determinación criminal.

f) La Antropología criminal, que estudia al delincuente como especie viva, destacando la singularidad y evolución de sus rasgos, así como su relación con el medio ambiente y la cultura.

g) La Sociología criminal, que analiza el delito como hecho social, como magnitud colectiva.

En cuanto a las relacionadas con el "proceso":

a) La Criminalística, que versa sobre el modus operandi más adecuado para el esclarecimiento de los hechos e identificación del autor, y se ocupa de las pruebas, analizando los métodos científicos existentes para demostrar fehacientemente una determinada hipótesis. Son subdisciplinas de la Criminalística, entre otras, la Medicina forense, la Toxicología, la Dactiloscopia, la Pericia caligráfica, etc.

En cuanto a las relacionadas con la represión y prevención:

a) La Penología, que examina el cumplimiento y ejecución de las penas.

b) La Pedagogía correccional, que se preocupa de orientar la ejecución del castigo de modo que puede significar un impacto positivo, de reinserción social, en el penado.

c) La Profilaxis criminal, que tiene como meta prioritaria la lucha contra el delito, articulando las estrategias oportunas para incidir eficazmente en los factores individuales y sociales criminógenos, anticipándose al crimen.

D.- Criminología y otras disciplinas no criminales.- Entre las ciencias no específicamente criminales relacionadas con la Criminología, destacan: la Psiquiatría, la Psicología y la Sociología.

Psiquiatría y Criminología tienen intereses comunes e intereses diferenciales. La primera se ocupa de lo psíquicamente anormal, sus causas, manifestaciones y tratamiento. Delito y delincuente interesan, también, a la Psiquiatría, aunque de forma marginal, pues los criminales psíquicamente anormales representan sólo una pequeña fracción de los anormales mentales, y la Psiquiatría abarca, además, otros campos ajenos al problema específico de la criminalidad anormal. Sin embargo, es obvio, que el examen del campo psicopatológico que interesa a la Criminología sigue siendo privativo de la Psiquiatría (por ejemplo, diagnóstico empírico del delincuente en orden a su imputabilidad).

            Psicología y Criminología operan, también, como círculos concéntricos y como planos secantes, con puntos de interés comunes y con intereses y valoraciones diferentes. La Psicología estudia la "vida psíquica llamada normal" o, si se prefiere, "la conducta y la experiencia no patológica de cada ser viviente, de los grupos y colectivos, sobre todo del hombre" y se ocupa del crimen sólo marginalmente. La Psicología forense aporta, desde luego, una importe red de conocimientos valiosos sobre el crimen, pero la Criminología analiza éste desde una óptica interdisciplinaria más amplia que trasciende el enfoque psicológico y no se circunscribe a la persona del autor.

            La Sociología persigue, como es sabido, un tratamiento científico sistemático de las reglas que rigen la vida social y de los mecanismos de control y efectividad de dichas reglas. El "delito" (esto es, la conducta que se "desvía" de un determinado tipo de "normas": las jurídico penales) interesa, también, a la Sociología (criminal), aunque no agote el estudio de éste su objeto, ni tenga en el mismo un lugar prioritario.

            Ciertamente, la Criminología no es sólo Sociología criminal, ni un apéndice de ésta: interesa el análisis del crimen desde otras perspectivas y enfoques, porque la realidad (total) del fenómeno delictivo es pluridimensional. Pero el análisis sociológico cobra progresiva importancia en la Criminología, pudiéndose constatar que ha desplazado desde hace algunos lustros las tradicionales orientaciones biológicas o biosociológicas.

jueves, 18 de abril de 2013

PARA LOS ALUMNOS DE SOCIOLOGIA GENERAL Y JURIDICA GRUPO M PRIMER AÑO



“INTRODUCCIÓN

¿QUÉ ES LA SOCIOLOGÍA?



El hombre, ser social

I.     Concepto de Sociología.- La sociología estudia al hombre en su medio social, es decir, en el seno de una sociedad, cultura, país, ciudad, clase social, etcétera. Sin embargo, el ámbito de investigación de los sociólogos puede abarcar desde grandes y vastos conjuntos, hasta reducidas unidades de observación, aunque siempre exista entre ambas la complementariedad en el análisis. La sociología no estudia la sociedad como "suma de individuos", sino que estudia las múltiples interacciones de esos individuos que son las que le confieren vida y existencia a la sociedad. En la imagen los londinenses se dirigen a trabajar a la City, centro financiero de la capital de Gran Bretaña.

 

II.    Introducción.- Sociología, ciencia que estudia el desarrollo, la estructura y la función de la sociedad. Otras disciplinas de las ciencias sociales (economía, ciencias políticas, antropología y psicología) también estudian temas que pertenecen al ámbito de la sociología. Los sociólogos analizan las formas en que las estructuras sociales, las instituciones (clase, familia, comunidad y poder) y los problemas de índole social (delito) influyen en la sociedad.

 

La sociología se basa en la idea de que los seres humanos no actúan de acuerdo a sus propias decisiones individuales, sino bajo influencias culturales e históricas y según los deseos y expectativas de la comunidad en la que viven. Así, el concepto básico de sociología es la interacción social como punto de partida para cualquier relación en una sociedad. La sociología que estudia los detalles de las interacciones de la vida cotidiana recibe el nombre de microsociología y la que se ocupa de los patrones de relación entre sectores sociales más amplios (el Estado, la economía e incluso las relaciones internacionales) recibe el nombre de macrosociología.

 

III.   Historia de la Sociología.- El origen de la sociología como disciplina o conocimiento sistematizado es relativamente reciente. El concepto de sociedad civil como ámbito diferente al Estado se encuentra por primera vez en el siglo XVII en la obra de los filósofos ingleses Thomas Hobbes y John Locke, y de los pensadores del Siglo de las Luces (en Francia y Escocia). El primer enfoque de la sociología ya se encuentra tanto en estos trabajos como en los escritos sobre filosofía de la historia del italiano Giambattista Vico y en el estudio del cambio social del filósofo alemán Georg Wilhelm Friedrich Hegel.

 

3.1.            Orígenes.- La primera definición de sociología fue propuesta por el filósofo francés Auguste Comte. En 1838, Comte acuñó este término para describir su concepto de una nueva ciencia que descubriría unas leyes para la sociedad parecidas a las de la naturaleza, aplicando los mismos métodos de investigación que las ciencias físicas. El filósofo británico Herbert Spencer adoptó el término y continuó el trabajo de Comte.

 

Hoy también se consideran fundadores de esta disciplina a algunos filósofos sociales del siglo XIX que nunca se consideraron sociólogos. El principal entre ellos fue Karl Marx, aunque no hay que olvidar al aristócrata francés conde de Saint-Simon, al escritor y estadista Alexis de Tocqueville y al filósofo y economista inglés John Stuart Mill. En el siglo XIX se desarrolló la corriente estadística empírica que posteriormente se incorporó a la sociología académica.

 

3.2.      Desarrollo.- Hasta finales del siglo XIX la sociología no comenzó a ser reconocida como disciplina académica. En Francia, Émile Durkheim, heredero intelectual de Saint-Simon y Comte, comenzó a enseñar sociología en las universidades de Burdeos y París. Durkheim, fundador de la primera escuela de pensamiento sociológico, destacaba la realidad independiente de los hechos sociales (independientes de los atributos psicológicos de las personas) e intentaba descubrir las relaciones entre ellos. Durkheim y sus seguidores estudiaron ampliamente las sociedades no industrializadas de forma similar a como, más adelante, lo harían los antropólogos sociales.

 

En Alemania, la sociología fue reconocida formalmente como disciplina académica en la primera década del siglo XX, en gran parte gracias a los esfuerzos del economista e historiador alemán Max Weber. Frente a los intentos por parte de Francia y de los países de habla inglesa de modelar la disciplina según las ciencias físicas, la sociología alemana se basó en una amplia erudición histórica modulada por la influencia del marxismo, muy presente en el trabajo de Weber. Los esfuerzos del filósofo alemán Georg Simmel por definir la sociología como una disciplina independiente, subrayaron el enfoque humano del idealismo filosófico alemán.

 

En Gran Bretaña, la sociología sufrió una lenta evolución. Hasta la década de 1960, la enseñanza de esta disciplina se limitó básicamente a una institución académica, la London School of Economics de la Universidad de Londres. La sociología británica combinaba el interés por el cambio social evolutivo a gran escala, con el interés práctico por problemas administrativos del Estado de bienestar.

 

En la segunda mitad del siglo XX, cuando ya había decaído el interés por las teorías evolutivas de Comte y Spencer, la sociología comenzó a estudiar determinados fenómenos sociales como el delito, las desavenencias matrimoniales y la aculturación de los inmigrantes.

 

El centro más importante del estudio de la sociología antes de la II Guerra Mundial (1939-1945) fue la Universidad de Chicago (EEUU). Allí, el filósofo estadounidense George Herbert Mead, formado en Alemania, destacaba en sus trabajos la influencia de la mente, el yo y la sociedad en las acciones e interacciones humanas. Este enfoque (conocido posteriormente como ‘interaccionismo simbólico) hacía hincapié en los aspectos microsociológicos y psicosociales. En 1937 el sociólogo estadounidense Talcott Parsons utilizó las ideas de Durkheim, Weber y del sociólogo italiano Vilfredo Pareto en su obra principal La estructura de la acción social, ampliando así el enfoque estrecho y limitado de la sociología estadounidense, y centrándose en el estudio de la acción social. En la Universidad de Columbia, el sociólogo estadounidense Robert Merton intentó vincular la teoría con una rigurosa investigación empírica de recopilación de datos.

 

Tanto en Estados Unidos como en Europa occidental, Marx, Durkheim y Weber son considerados como los pensadores clásicos más relevantes de la tradición sociológica y sus obras continúan ejerciendo gran influencia en los sociólogos contemporáneos.

 

ª La sociología es el estudio científico de los seres humanos en sus relaciones uno con otro. La gente se ha interesado siempre por la otra gente. Periodistas y comentaristas están constantemente reuniendo y difundiendo acontecimientos notables de la vida cotidiana en la so­ciedad. Los historiadores, en su mayoría, escriben la crónica de cómo actuaron los hombres cuando vivieron en la escena pública. Poetas y escritores se interesan por las relaciones sociales y dirigen su memoria e imaginación a reconstruir el modo en que creen que la gente actuaría dentro de ciertas circunstancias. Filósofos y teólogos especu­lan sobre cómo debieran actuar los seres humanos, y su interpreta­ción descansa sobre un fondo de experiencia y conocimientos previos.

ª También el sociólogo se especializa en la gente pero su tarea va más allá y es más profunda porque consiste en un enfoque científico de la conducta social. El sociólogo debe tener la habilidad del periodista y del historiador y quizás algo de la penetración del poeta y del filosofo pero ello no basta. Se distingue de los demás observadores sociales por la manera en que reúne los datos y por el modo en que analiza los resultados de sus observaciones. El enfoque sociológico de la vida de grupo va acompañado de una interpretación sociológica de la misma.

ª El término de «sociología» fue usado por vez primera hace poco más de un siglo por Auguste Comte[1] un francés, y popularizado por Herbert Spencer[2], un inglés. Pero ellos no «inventaron» la conducta social a la manera que un químico inventa nuevos productos en un laboratorio. Tampoco las ulteriores generaciones de sociólogos efec­tuaron «descubrimientos» del mismo modo que los astronautas descu­brieron la superficie de la luna. La conducta social estuvo siempre allí. La materia real de la sociología –el fenómeno estudiado en este libro– ha persistido a lo largo de la historia del hombre.

ª Los componentes esenciales de la vida social son tan viejos como la humanidad. Han existido a veces en formas relativamente simples y elementales, y a veces de manera muy complicada y artificiosa. Este doble hecho de la continuidad esencial y de la semejanza básica hace posible el estudio científico del comportamiento social. Existen siem­pre evidentes regularidades y uniformidades. Éstas se pueden observar, describir, analizar e interpretar, y sólo después de haber realizado este trabajo se puede hablar propiamente de sociología.

ª Durante la última media centuria, especialmente en los Estados Unidos, la sociología ha adquirido un cuerpo de información proce­dente de la investigación práctica, ha hecho bajar de las nubes a sus teorías, y ha conquistado un lugar central en los programas universi­tarios. Los sociólogos que han aportado los materiales para este libro han hecho tres cosas. Primera, han formulado preguntas a la gente. Segunda, han observado metódicamente cómo ésta se comporta. Ter­cera, han participado en varias formas de vida de grupo. Lo que hace científico este trabajo es que haya sido sistemático y controlado. Es evi­dente que ningún adepto de las ciencias sociales puede hablar con toda la gente, observar todas las pautas de conducta, y hacer todo lo que hace la gente en la sociedad.

ª La clave para la reunión del conocimiento científico es la muestra científica. El llamado «universo» de la cultura de los adolescentes en Norteamérica incluye muchos millones de jóvenes, pero es posible obtener conocimientos válidos sobre esta cultura estudiando un seg­mento debidamente proporcionado de todos los adolescentes. Lo mismo vale para la vida familiar norteamericana, el mundo de la industria y los negocios, los sistemas político y militar, y las instituciones reli­giosa, educativa y recreativa.

ª Las generalizaciones que efectuamos mediante semejantes métodos de muestreo nunca son completamente rigurosas porque siempre hay gente que actúa de modo distinto que los demás. Sin embargo, estas generalizaciones poseen una alta probabilidad y nos proporcionan un conocimiento que constantemente verificamos. Ello significa que es po­sible formular predicciones genuinas sobre la conducta social y cul­tural de los seres humanos. El que podamos reconocer ocasionalmen­te conductas erráticas en alguna gente significa que la mayoría se adap­ta a las expectativas de su sociedad.

A.       El Contenido de la Sociología.- La definición de la sociología debe ser tal que la distinga de las demás ciencias sociales. La economía considera las cosas materiales de que tiene necesidad el hombre para vivir sobre la tierra: cómo se producen, se permutan, se distribuyen y se consumen. La ciencia política analiza el poder y la autoridad, las formas en que éstos se emplean y distribuyen para hacer posible una vida pública ordenada. La sociología dirige su atención al hecho humano de «vivir juntos»; estudia las leyes constantes del comportamiento social tal como existe en todas partes en la sociedad. Toma como objeto central de estudio el hecho de las relaciones humanas: todo lo que contribuye a la asociación humana o deriva de ella es materia de estudio para la so­ciología.

ª Una definición no puede hacer más que identificar la cosa defi­nida. Cuando decimos que la sociología es el estudio científico de la sociedad o de las relaciones humanas, o del comportamiento social, nos limitamos a dar sencillamente una idea de su contenido. Todo este libro trata de discutir y desarrollar la definición de la sociología, es decir, versa sobre el contenido de esta ciencia. Como introducción, de­be necesariamente ofrecer una vista de conjunto de los conocimientos básicos y esenciales para este estudio. No tendremos tiempo de ex­poner estudios más especializados, detallados y altamente técnicos realizados por investigadores en la materia.

ª Cuando decimos que la sociología es un «estudio científico», no queremos decir únicamente que es un ejercicio intelectual o un modo particular de abordar ciertos fenómenos humanos. Es ambas cosas a la vez, pero es sobre todo un cuerpo de conocimientos sobre la so­ciedad. La palabra «ciencia» necesariamente supone que hay algo (contenido) que se estudia y que existe a la vez un procedimiento (mé­todo) de estudiarlo. Este libro da un esquema del contenido básico de la sociología y en el modo de presentar la materia emplea ya el mé­todo propio del sociólogo.

ª El contenido de la sociología se ha dicho frecuentemente que son los «fenómenos sociales», pero esta designación es demasiado vaga. Es mejor decir que estudiamos la interacción humana, pues la experien­cia cotidiana que tenemos de esas relaciones —con la familia, los amigos, los enemigos y los extraños— es la materia básica de esta ciencia. No sólo tenemos cierto modo de reaccionar frente a todas las personas con quienes tratamos, sino que este modo de reaccionar es siempre aproximadamente el mismo. Nuestro comportamiento so­cial está estandarizado y sujeto a pautas.

ª El término «pautas de comportamiento social» expresa una idea primaria en sociología. Las actividades singulares, excepcionales, pri­vadas de los hombres nos interesan sólo secundariamente; nuestra atención se dirige a las relaciones sociales en cuanto se desarrollan en un orden constante. El viaje a la luna del astronauta interesa menos al sociólogo que los viajes regulares de pasajeros en las líneas aéreas comerciales. En suma, el sociólogo estudia la repetición rutina­ria de la conducta social.

B.       El Marco Conceptual.- El comportamiento social es concreto, es decir, personal, entre individuos de carne y hueso, en tiempos y lugares determinados. Sin embargo, para comprender este comportamiento, necesitamos formar conceptos que respondan a la semejanza que tienen los actos de comportamiento en cualquier parte del mundo. Sabemos a qué nos referimos cuando hablamos de sistema educativo, a pesar de que las costumbres escolares difieran en China y Chile. Sabemos qué es una familia, a pesar de que los payeses de Francia difieran de los suburbanistas norteamericanos por lo que atañe a su conducta familiar. Las amplias conceptualizaciones de este tipo indican que el sociólogo pue­de pensar sobre el comportamiento humano en términos de especie, y no simplemente de actos humanos específicos.

ª La interacción social se desarrolla en la vida cotidiana concreta, mas para analizarla y comprenderla necesitamos aprender a conceptua­lizarla. Esto significa que hemos de entrenarnos a abstraer de los suce­sos concretos las generalidades esenciales. Sólo entonces podemos distribuir y ordenar estas abstracciones o conceptos, el contenido de la ciencia, en un marco lógico. Veremos cómo se interconectan estos conceptos clave para construir mentalmente el sistema sociocultural.

ª Una rápida y somera descripción indicará las estructuras paralelas de la sociedad y la cultura. Por ejemplo, al observar a los hombres en sociedad advertimos ciertas pautas de comportamiento social que cristalizan en torno a la función social que pretenden desempeñar. Este conjunto de pautas se expresa conceptualmente como el rol social que desempeñan los individuos. Así el rol social del estudiante y el del profesor se regularizan y modelan diferentemente. Cada uno actúa en una forma prevista y hacia los objetivos a los que tienden las acciones que realiza. Pero la conceptualización va más lejos. Si se reúnen todos los papeles sociales estandarizados o uniformados que convergen en una función social determinada, tenemos la institución social. Finalmente, todas las instituciones, combinadas como un todo y existentes en un determinado pueblo, se designan conceptualmente como la cultura.

ª No debemos olvidar que vamos a estudiar no sólo las pautas so­ciales, sino también las personas sociales. El estudiante y el profesor se asocian y operan el uno sobre el otro en las relaciones humanas, lo cual sucede dondequiera que existen papeles sociales recíprocos. Estas relaciones humanas se desarrollan en grupos sociales en los que las personas cooperan entre sí para satisfacer las necesidades sociales. Tales necesidades sociales son muchas y variadas, por lo que nos vemos obligados a reducir a conceptos y a clasificar una gran varie­dad de grupos. Los grupos más importantes de la sociedad emplean instituciones sociales de análoga importancia. Así las personas in­cluidas en los grupos educativos siguen las pautas y representan los ro­les que corresponden a la institución de la educación. Si todos los grupos se reúnen bajo el concepto de una totalidad coherente y fun­cionante, tenemos la abstracción denominada sociedad. Esta descrip­ción a grandes líneas muestra que cada sociedad tiene su propia cul­tura peculiar.

¿Estudiamos Cosas Reales?.

Cuando hablamos del marco conceptual de una ciencia, habla­mos, naturalmente, de abstracciones generales que existen en nuestra mente. Pero si nuestros conceptos no son reales, si no responden al sistema social y cultural concreto en el que viven los seres huma­nos, no nos sirven para un estudio científico. El objeto de estudio de la sociología existe efectivamente en el orden real, pero la función del sociólogo, en cuanto científico de lo social, no consiste en evaluar la realidad concreta de los fenómenos sociales. Los acepta como datos de hecho; dejando para los filósofos los problemas fundamentales de su existencia y esencia.

ª Lo que queremos decir es que la conducta humana tiene muchas dimensiones y que los seres humanos pueden estudiarse desde mu­chos puntos de vista. El físico no es un sociólogo, ni tampoco lo son el dentista, o el psiquiatra, o el abogado, aunque para cada uno de estos especialistas pueda ser útil una base de conocimiento sociológico. Lo que aquí tratamos de hacer consiste en abstraer la dimensión social de la conducta humana y centrar en ella nuestra atención.

ª Este problema de la realidad de lo social es de gran importancia para quien comienza el estudio de la sociología. Fácilmente pueden ofuscarle ciertos aportes de la literatura sociológica que van mucho más allá del campo de la sociología. Esto sucede con ciertos estu­dios pseudometafísicos y especulativos que niegan la existencia de las normas objetivas de comportamiento y particularmente la de los va­lores sociales.

ª Este problema de la realidad de lo social está relacionado con las numerosas imágenes que en forma de «analogías» se han empleado para describir y explicar la vida social. Se lee, por ejemplo, que la sociedad y la cultura constituyen un «organismo» o «superorganismo» que tiene sus fases regulares de nacimiento, crecimiento y decadencia. Se dan explicaciones mecanicistas con «energías» y «fuerzas», como si los hombres en sus relaciones humanas fueran otras tantas piezas de una gigantesca máquina denominada sociedad. Existen explicaciones psicológicas que parten de la premisa de que una especie de con­ciencia colectiva es el hecho central de la vida social.

ª Una analogía es una comparación entre dos objetos que son en parte semejantes y en parte diferentes. Si las semejanzas sólo se des­tacan para ilustrar las cosas con más claridad, resultan relativamente inofensivas, pero la terminología de la ciencia social ha alcanzado ya tal grado de desarrollo, que estas analogías no tienen por lo re­gular la menor utilidad. Las explicaciones biológicas, mecánicas y psicológicas de la sociedad y de la cultura son erróneas en sí mismas. Es un hecho objetivo que la realidad social no se puede reducir a términos de biología, de física o de psicología. Pero esto no quiere decir que los fenómenos sociales existan en el vacío y que estén com­pletamente divorciados de los otros aspectos de la realidad.

C.       Distinción entre la Sociología y las otras Disciplinas.- La sociología ha logrado su madurez como ciencia no sólo porque con la investigación y la teoría ha descubierto y ordenado los hechos de la vida social. En este proceso de elevación a un rango científico la sociología se ha depurado también gradualmente de sus interpre­taciones «analógicas». Sin salirse de su campo científico, el sociólogo ha aprendido del filósofo los hechos básicos de la analogía del ser.

ª Igualmente aprende de otras disciplinas ciertos  pre-requisitos del cono­cimiento que lo guardan de interpretar mal la auténtica materia de la sociología. Éstos se pueden designar como requisitos «extra», pues están fuera del campo de la sociología y sólo son preliminares.

ª La distinción que existe entre la sociología y las otras disciplinas académicas se apreciará mejor con unos ejemplos. El estudiante de sociología, por ejemplo, ha de aprender del biólogo los hechos de la herencia. No cabe duda de que la herencia fisiológica influye en di­versos aspectos del comportamiento cultural. Igualmente es un hecho el influjo que sobre las pautas de comportamiento ejerce el ambiente físico, con el clima, el suelo y los otros aspectos geográficos. El sociólogo se dirige al geógrafo en busca de la necesaria información sobre los hechos de esta ciencia. Las disposiciones psíquicas humanas influyen en el comportamiento social. El campo de la psicología individual difiere totalmente de la sociología, pero le suministra impor­tantes y fundamentales enseñanzas al sociólogo.

ª Lo mismo se puede decir de la ética y de la moral, cuyos especialistas han desarrollado importantes principios y conceptos.

ª Toda persona instruida debiera tener un mínimo de conoci­mientos en estas variadas disciplinas académicas. Nadie puede ser exclusivamente un «puro» sociólogo. Una especialización adecuada en cualquier campo del conocimiento requiere una vasta cultura general. La de ser un científico, circunscrito a una determinada esfera del conocimiento, es sólo una de las múltiples funciones que el sociólogo, como ser humano, desempeña en la sociedad. La sociología es una ciencia claramente definible, un campo en el que el estudiante puede lograr un conocimiento especializado, pero esta especialización no debe fomentarse a expensas de una formación más general.

ª Las otras disciplinas le proporcionan importantes conocimientos que el sociólogo debe aceptar como sí fueran postulados. Los datos ofrecidos por la filosofía, la biología, la geografía, la psicología y la ética, los ha de aceptar el sociólogo como cosa examinada y probada en los respectivos campos. Estos hechos son postulados para el sociólogo, no para los expertos en cada una de las materias respectivas. El concepto enciclopédico de la sociología, que lo abarcaba todo, hace tiempo que ha sido ya abandonado. El especialista en las ciencias sociales no se dedica a investigar y probar que el hombre tiene ca­pacidad de gobernarse a sí mismo, que existen valores morales objetivos, o que es diferente bajo muchos aspectos la estructura fisiológica de las distintas personas. El que estudie la sociedad debe conocer estas cosas, pero no ha de esperar que se las enseñe el sociólogo.

¿Hay Algo Constante?.

 

El estudiante de sociología al principio se ve con frecuencia des­concertado por la amplia información que recibe sobre la variedad de pautas de comportamiento en las diferentes sociedades. Oye y lee tanto sobre las variedades en las costumbres sociales, que se pre­gunta si realmente existirán uniformidades. Según vayamos progre­sando en el estudio de la sociología veremos que existen algunos elementos constantes en toda sociedad y en toda cultura. De hecho, los llamados principios de sociología, que forman el contenido de este libro, son los elementos constantes y universales. Basta leer los títulos de los capítulos para ver cuáles son éstos.

ª El que se dedica al estudio de la sociedad debe aprender a dis­tinguir entre las semejanzas constantes y las diferencias variables. En toda cultura deben estar presentes las instituciones básicas, y toda sociedad debe contar con los correspondientes grupos básicos en los que las personas actúan conjuntamente en busca de los fines sociales. Se puede decir que la presencia de tales uniformidades forma parte de la naturaleza de la vida social. Dichos grupos e instituciones fundamentales ê familiares, educativos, recreativos, económicos, religiosos y políticos se hallan dondequiera que el hombre vive en vida social organizada. Los componentes de estas instituciones y grupos, tal como se describen en este libro, están también necesariamente presentes en todas partes.

ª El investigador de la sociedad no debe buscar con tanto empe­ño las semejanzas esenciales de comportamiento que llegue a confundir­las con las que son meramente accidentales. Las elecciones en Polonia y en Inglaterra, por ejemplo, son de grosso modo lo mismo en su apa­riencia exterior, pero es completamente distinto su significado social. Tampoco debe dejarse engañar por ciertas diferencias accidentales. El hecho de que el norteamericano salude por la calle sin ninguna ceremonia, mientras que el japonés se inclina ante las personas con quienes se encuentra, no quiere decir que el americano carezca de cortesía. El hecho de que en una sociedad estén prohibidas las be­bidas alcohólicas y en otra sociedad se sirva el vino en cada comida, no significa que un pueblo sea mejor que el otro.

ª Debemos aceptar por igual la uniformidad y la variabilidad, la permanencia y el cambio. Las múltiples variaciones de las constantes sociológicas en los diferentes lugares y en los distintos pueblos indican sencillamente que la sociedad y la cultura son extraordinariamente flexibles. En una sociedad reciben los niños toda su educación formal de sus padres y de sus tíos. En otra se envía a los niños en grupo a una persona especializada en la educación. La rutina diaria del árabe que riega sus palmeras en el Sahara parece muy diferente de la actividad del esquimal que caza focas en Alaska.

ª Lo importante es que las instituciones educativas y económicas existen en todas las culturas. En todas las sociedades existen las mis­mas necesidades sociales básicas, aunque la manera de satisfacerlas difiera notablemente.

¿Existen Valores?.

 

Este problema de constantes y de variables está estrechamente relacionado con la relatividad de los valores. Si hay tanta variedad a través del mundo y si la gente satisface sus necesidades en formas tan diferentes, ¿habrá algo que tenga valor permanente en la vida social?. El estudiante es una persona con responsabilidad moral y, en cierto sentido, un ciudadano del mundo. Es responsable de su propio comportamiento y, naturalmente, le afectan el bien y el mal de toda la sociedad. Evidentemente esto es una cuestión de conciencia, de ética y de moral; el estudio científico de la sociología la plantea a menudo, pero no puede satisfacerla.

ª Desde un punto de vista científico, la sociología no está encuadrada en ningún sistema particular de moral. La ciencia social en sí misma no puede ser democrática ni totalitaria, no puede ser cristiana ni mu­sulmana. El sociólogo, como científico, se esfuerza en evitar todo juicio moral sobre las culturas y las sociedades que estudia y analiza. Observa que los sistemas de valores difieren de una sociedad a otra y hasta de un grupo a otro dentro de la misma sociedad. Si dice que un sistema es tan «bueno» como otro o que algunos son «peores» que otros, formula un juicio de valor que brota de su función moral más bien que de su función científica.

ª Los valores sociales son esos elementos que los miembros de la sociedad consideran como muy importantes y dignos de estima y con­forme a los cuales ajustan su conducta. Probablemente nadie que esté estudiando la sociedad podrá ser completamente imparcial en su acti­tud frente a los valores sociales. Sería, por ejemplo, una puerilidad suponer que un sociólogo no reconoce la diferencia moral entre una pandilla de criminales y una asociación piadosa. Probablemente no habrá sociólogo que pueda expurgar de sus lecciones y escritos los valores que él admite personalmente. Los mismos adjetivos que usa revelan que capta la diferencia moral entre un sistema «opresivo» de trabajo de los niños y un sistema «libre» de relaciones en la orga­nización del trabajo.

ª Esto quiere decir que incluso el puro científico, como debe serlo todo sociólogo, no puede divorciarse completamente de la cultura en que él mismo se halla envuelto. Sus propios valores personales reflejan en cierto modo los valores sociales de la cultura que ha hecho de él un miembro social. Es importante que quien comienza a estudiar sociología caiga en la cuenta de este hecho a la vez que se esfuerza por ser imparcial y objetivo. Nos ocuparemos más detalladamente de esto cuando tratemos del etnocentrismo, que es la tendencia a en­juiciar a otros grupos conforme a las normas y valores admitidos en nuestro propio grupo. Es parte de la misma naturaleza de la vida personal y social el tener valores y obrar conforme a ellos y precisamente este hecho le impide con frecuencia al sociólogo comprender y analizar las diferentes clases de sistemas de valores.

ª Los valores sociales son las normas o el criterio conforme al cual ordenan su comportamiento los miembros de una sociedad. Entre las familias conservadoras francesas, por ejemplo, la única manera «co­rrecta» de contraer matrimonio consiste en conformarse a los deseos de los padres. Por el contrario, en los Estados Unidos, muchos jóvenes creen que la única manera «correcta» de contraer matrimonio consiste en seguir el mutuo amor romántico. El mismo sociólogo, que está bajo el influjo de los valores de su sociedad mucho antes de ser hombre de ciencia, no es tan imparcial como él quisiera. Aun su comportamiento más científico supone dos juicios de valor:

a)     La in­vestigación científica es una actividad valiosa;

b)     El hombre en socie­dad es el objeto propio de tal investigación. El sociólogo que haya crecido en una sociedad que deteste el canibalismo y proteja a los niños tenderá a reflejar sus actitudes al escribir sobre una sociedad que practique el canibalismo y el infanticidio.

ª El problema de la fundamentación última de los valores desborda los límites de la sociología. La cuestión sobre la existencia de un cuerpo de principios de valor objetivos e irreducibles no forma parte de su estudio. En la vida social de hoy se observa en todas partes una relatividad de los valores sociales; lo que es muy valioso para una sociedad, otra lo estima sin valor y hasta perjudicial. Esto lo admite sin dificultad el sociólogo. Él estudia el hecho social de la existencia de los valores, los analiza e interpreta. Es un estudio absorbente: comprender cómo se originan y se desarrollan estos valores, qué fun­ción desempeñan, qué efecto producen en la sociedad, hasta qué punto influyen en la vida de la gente. Para franquear este límite y dar un juicio sobre su validez definitiva e inmutable, se requiere la ayuda de los expertos en ética.

D.       La Sociología, Materia de Estudio Difícil.- Acostumbrados a las facilidades mecánicas de nuestra moderna generación, tendemos a olvidar los enormes problemas que hubo que resolver para hacerlas posibles. Es cosa sumamente sencilla dar vuelta al botón de un aparato de radio o de televisión, de un dispositivo de aire acondicionado o de una nevera, marcar un número de teléfono o subir las pasarelas de un avión. La sencillez de estas acciones obtiene los mismos efectos, percatémonos o no del complejo sistema de conocimientos técnicos y de medios de producción que ha hecho que la acción sea tan sencilla para nosotros.

De la misma manera son muy pocos los que se dan cuenta de los factores y elementos que hacen posible un sistema viable de cultura social. El estudiante, lo mismo que cualquier otra persona, ha estado haciendo estas cosas toda su vida; ha seguido pautas de conducta, ha admitido valores sociales, ha vivido en grupos sin prestar gran atención a estos hechos. Se sorprende al enterarse de que la socio­logía es uno de los estudios más difíciles que puede abordar el espí­ritu humano. Esta dificultad proviene de tres hechos principales:

ª La complejidad de la materia objeto de la psicología;

ª La actuación de múltiples causalidades en la sociedad y en la cultura;

ª La variabi­lidad e inestabilidad de las soluciones de los problemas sociales.

a)     La Complejidad de la Sociología.- El principiante no suele per­catarse de cuán sumamente complejas son la sociedad y la cultura, incluso en las llamadas formas sencillas o primitivas de vida asociada. Las pautas de comportamiento se han heredado de generaciones pre­cedentes, y el individuo se acostumbra gradualmente a ellas sin ana­lizarías ni compararlas con las pautas culturales aceptadas por otras sociedades. Sólo cuando comienza a estudiar las variaciones y las com­binaciones de pensamiento y de acción social que son posibles a los seres humanos, cae en la cuenta de su variabilidad y complejidad.

ª El análisis sociológico es difícil por ser tantos los elementos de la situación social a que hay que atender simultáneamente. Ni siquiera se puede comprender, por ejemplo, el concepto tan frecuentemente empleado de «institución social» si no se tiene bien en cuenta que una institución es una intrincada red de pautas de pensamiento y conducta diferentes pero coordinadas, que a su vez van dirigidas a fines sociales y están regidas por valores sociales. Hay además interferencias entre las diferentes instituciones de una cultura y es difícil comprender una institución como la educativa o la familiar sin tener también algún conocimiento de las otras instituciones principales de la cultura.

Otro ejemplo que hace al caso es la imbricación de los distintos roles sociales de las diferentes personas en una misma situación social. El rol de hija no se desempeña en el vacío. Los modos de proceder y de pensar de una hija en una familia están relacionados con las actuaciones de los otros miembros de la misma familia. Hay una reciprocidad de derechos y deberes, de pautas previstas de com­portamiento, entre padre e hijo, entre hermana y hermano. Si bien los roles del uno difieren necesariamente de los del otro, entre todos ellos hay una necesaria correlación. Asimismo la persona social individual es un complejo de múltiples roles sociales. Cada rol difiere algo según el grupo social y la situación en que se desempeña, pero la persona sigue siendo siempre un individuo humano integrado.

b)     Causalidad Social Múltiple.- El mismo problema de la multifor­midad y complejidad se le presenta al sociólogo en relación con los medios y los fines, es decir, con las razones por las que se hacen las cosas y con los modos de hacerlas. Para quienquiera se dedique dili­gentemente al estudio de la sociedad, es cosa obvia que los hechos sociales no suceden «porque sí». La teoría de que la sociedad y la cultura se desenvuelven en fases regulares y progresivas hace ya tiempo que fue abandonada por los sociólogos. No obstante, persisten todavía algunas teorías deterministas, especialmente entre los profanos en ciencia social. Se presentan con frecuencia bajo la forma de una teoría de causalidad única, es decir, una concepción que atribuye el sistema total de cultura social, o una parte del mismo, a una sola causa uni­versal. En la conversación corriente oímos con frecuencia explicar los fenómenos sociales por una única y soberana causa. Se oye decir, por ejemplo, que el problema de las relaciones raciales en Norteamé­rica se debe a la inmoralidad de los negros. O que el clima hace que los estados del Sur sean conservadores en política. O que la automa­tización ha causado la secularización de nuestra cultura. O que Wall Street es responsable de las depresiones económicas. O que una conspiración comunista está subyacente en la agitación estudiantil. Es casi inagotable la lista de estas simplistas «explicaciones».

ª La explicación de las cosas por la causalidad única es probable­mente el error más propagado y pertinaz en el pensamiento social de la gente. Este error parece obedecer a dos razones principales. En primer lugar, la «explicación» simplista es la respuesta más fácil a la compleja cuestión de las relaciones humanas. El pensador perezoso capta la que a él le parece la respuesta obvia. En segundo lugar, la gente carece con frecuencia de conocimientos científicos acerca de la sociedad y de la cultura. Esta ignorancia va a veces acompañada de arrogancia y prejuicios. El estudio de la sociología es un antídoto importante para la ignorancia y la presunción a la vez.

ª Casi todos los asuntos de relaciones humanas, desde una cuestión sencilla como puede ser el cuidado de los niños hasta las decisiones más serias del presidente de una corporación, tienen como funda­mento toda una serie de factores conexos. La gente no actúa sim­plemente por «instinto»; no improvisa una decisión sin disponer de una cantidad apreciable de experiencia social y cultural preliminar. Incluso la teoría de que los grandes hombres causan el cambio his­tórico se ha visto matizada por la constatación de que los mismos líderes son producto de su cultura y por tanto tan sólo pueden operar en los límites de su ambiente sociocultural.

c)     La Inestabilidad de las Soluciones Sociales.- Además de la com­plejidad y la múltiple causalidad de los fenómenos sociales, existe tam­bién la dificultad de los cambios en la sociedad y en la cultura. El cambio es un hecho social siempre presente dondequiera que viven juntos seres humanos, que además se complica por lo variable que es tanto en su intensidad como en su dirección. Aun las sociedades tradicionales y conservadoras que parecen ser casi estáticas, están cons­tantemente sujetas a adaptaciones y variaciones. En este sentido el cambio social es en sí mismo una de las constantes sociológicas y más adelante lo estudiaremos con mayor detalle.

ª El fenómeno del cambio presenta un interminable desafío al so­ciólogo. A diferencia del geólogo, que puede demostrar con fija evi­dencia los estratos sucesivos de la corteza terrestre, el sociólogo descubre que la sociedad contemporánea no permanece «fija». Los demógrafos aprendieron ya esta lección al predecir las curvas de población. Los llamados «futuristas» descansan sobre terreno seguro al predecir el estado de la tecnología a finales de siglo, pero sólo vaga­mente pueden especular sobre qué cambios socioculturales resultarán del impacto del incremento en la tecnología.

ª El hecho del cambio no desmiente la presencia de estructuras y orden en la sociedad, pero hace más difícil todo el estudio de los problemas sociales. Hay muchas causas que influyen para producir este cambio, la más importante de las cuales parece ser la capacidad de selección y de decisión que posee el hombre. Una «sociedad libre» es una sociedad más dinámica porque la persona social individual tiene mayor margen de iniciativa en sus pautas de comportamiento social. El viejo problema filosófico de la unidad y la diversidad en el mundo está aquí presente en la moderna forma científica de coordinación entre funciones y estructuras sociales.

ª La sociología no es reforma social, pero los principios esenciales de la sociología son prerrequisitos para cualquier solución de los pro­blemas sociales. Naturalmente, es de desear que se hallen «soluciones» para los problemas de la sociedad y que se establezcan ciertos prin­cipios universales de vida social. Pero en las situaciones concretas de la vida social hallamos siempre ciertos individuos y grupos que se desvían, que no pueden «encerrarse» en nuestras cuadriculadas cate­gorías y que no actúan conforme a los principios descubiertos por la ciencia social. No existen causas únicas de los fenómenos sociales, ni soluciones permanentes para los problemas sociales; y ésta es la razón por la que los proyectos artificiales de las utopías de la sociedad tienen tan poco interés para el sociólogo.

E.        Política social e Investigación Sociológica.- Un estudiante puede dedicarse a la sociología tan sólo por la ciencia en sí misma, porque desea conocer mejor los problemas de la sociedad y de la cultura. Puede además dedicarse al conocimiento de la vida social porque este conocimiento enriquece su espíritu, le da una comprensión más penetrante de su pueblo y le facilita una objeti­vidad más satisfactoria en su modo de juzgar a los demás. Es un hecho indudable que en estas últimas décadas la investigación de los soció­logos ha acumulado un enorme acervo de conocimientos. El estudiante moderno puede fiarse de la validez de esa información sociológica sin verse ya obligado a escoger entre un cúmulo de puras especulaciones.

ª Pero el estudiante es también una persona moral y un ciudadano, es actor encargado de los variados papeles sociales que su sociedad le impone. En este sentido no le satisface el mero conocimiento. Como persona inteligente e interesada busca probablemente la aplicación de los conocimientos sociológicos a las situaciones sociales en que él mismo vive. Esta transposición no la puede hacer ningún libro ni ningún profesor, sino sólo el estudiante mismo. Una persona puede estar muy versada en sociología y al mismo tiempo tener un comportamiento social aberrante, de la misma manera que un hombre con profundos conocimientos teológicos puede ser a la vez un gran pe­cador, o un experto economista puede derrochar locamente su dinero.

ª Se puede decir en general que el estudio y la investigación sé orien­tan casi siempre en definitiva a «hacer mejor las cosas». En un curso introductorio de sociología se debe insistir en el conocimiento de los hechos que ha puesto de relieve el largo trabajo de investigación lle­vado a cabo por los sociólogos. Éste es el aspecto científico de cualquier estudio: obtener un cuerpo de conocimientos exactos y univer­salmente verdaderos que se puedan estudiar en forma sistemática y sobre los que se posea un alto grado de certeza. El aspecto humano y personal de todo estudio es hacer que éste sea útil y fructuoso. El estudio sociológico ayuda al individuo y a la sociedad a conseguir mejores relaciones sociales.

ª Un proyecto de mejoras sociales es prácticamente imposible sin el conocimiento científico que da la sociología. El término «reforma social» ha quedado un tanto «pasado de moda» por sus aparentes resonancias moralistas. Hoy día se usa más bien su sinónimo «polí­tica social». Sea cual fuere el término empleado, el hecho es que el administrar y el planear son elementos esenciales en una vida social organizada.

ª La política social supone, pues, la aplicación inteligente de la cien­cia sociológica. Mucha de la planificación social del pasado se hizo a base de agudas conjeturas y tanteos. Toda familia, escuela e iglesia, todo club, empresa y ayuntamiento hace sus planes para el futuro, trata de resolver sus problemas, administra su personal, delimita y se esfuerza por conseguir su propia finalidad social. Todo esto no es más que política social, y es mucho más inteligente y productivo realizar estas funciones basados sobre un conocimiento exacto y legítimo proporcionado por la sociología que a base de ensayos a la buena de Dios, con aciertos y errores.

¿Para qué Estudiar Sociología?.

Damos por supuesto que la mayoría de los lectores de este libro son estudiantes universitarios. Lo que acabamos de decir acerca de la investigación sociológica y la política social responde a la pregunta sobre la importancia del estudio de la sociología. Son relativamente pocos los estudiantes que llegan a ser sociólogos de profesión; pero todos los estudiantes viven en la sociedad y cada vez se hallan más implicados en diversas funciones sociales una vez que terminan su formación académica. Cuanto más influyente haya de ser una persona después de sus años de estudios, tanto más útiles e importantes serán para ella los estudios sociológicos.

ª La mayoría de estudiantes universitarios conocen a sociólogos como profesores, y, como es de suponer, cuatro de cada cinco sociólogos se dedican profesionalmente a la enseñanza. Pero incluso éstos tienden a volverse especialistas en la investigación y en la asesoría. Estudian la conducta humana en el gobierno, la industria, la enseñanza, las parroquias y los barrios. Se dedican a los problemas sociales de la pobreza, la discriminación, la afición a las drogas, y otras formas de delincuencia. En una sociedad cada vez más compleja y cargada de problemas la profesión sociológica continúa atrayendo nuevos miem­bros e incrementando su prestigio y utilidad. La necesidad de soció­logos profesionales bien preparados es imperiosa en la sociedad norte­americana.

ª Todos tenemos que vivir siempre en sociedad, asociados con los demás y desempeñando funciones sociales, y es evidente que los es­tudios sociológicos son una ayuda básica en cualquier carrera y pro­fesión. La abogacía, el periodismo, la enseñanza, el comercio, la ad­ministración de empresas, la predicación, la política y cualquier otra ocupación en la que se tenga que «tratar con personas», exige un conocimiento nada vulgar de las relaciones humanas en la sociedad. Incluso la actuación en la familia, en la vecindad, en la comunidad es más inteligente y se realiza con más éxito si está basada en un co­nocimiento científico de la sociología.

ª No le corresponde al sociólogo discutir si es el conocimiento o la bondad el elemento más importante en el funcionamiento de una «buena sociedad». Es de suponer que toda persona consciente de su responsabilidad se interesa por un «mundo mejor», pero en último análisis las mejoras sociales no se consiguen sencillamente con sólo quererlas, ni con buenas intenciones y ni siquiera con la práctica cons­tante de la virtud social. Hay una gran diferencia entre la virtud pa­siva y la virtud activa, entre aceptar los cambios sin reflexionar y promover inteligentemente los cambios.

ª Las personas de elevado nivel ético son elementos muy deseables en toda sociedad, pero si ignoran el análisis técnico de los papeles sociales y de las instituciones, de los procesos y de las funciones, probablemente contribuirán muy poco a un inteligente progreso social. Un conocimiento seguro de los fenómenos sociales es un pre-requisito esencial y básico para una sociedad mejor, y esto es lo que ha de ofrecer un libro de texto de sociología.

 

 

 



[1] Augusto Comte, (1798–1857). Filó­sofo francés, nacido en Montpellier. Formuló la doc­trina de los tres estados, por los que deben pasar tanto toda la especie humana como el hombre individual. Esta teoría constituye el fundamento de la filosofía positiva que reúne la filosofía de la historia con una interesante teoría del conocimiento. Los tres estados a que se refiere Comte son: estado teológico, estado metafísico y estado positi­vo. En su orden son como una especie de escalones por los que se debe ascender; el primero (teológico) es preparatorio, por lo tanto provisional y ficticio; a éste corres­ponden el fetichismo –que atribuye poderes mágicos a la personificación de los objetos–, el politeísmo, que traslada esa especie de alma a las cosas al colocarla en divinida­des representativas de los elementos naturales (agua, fuego, bosques, etc.); y el mo­noteísmo, que concentra los atributos en un solo objeto al que se llama Dios; es un esta­dio infantil de la humanidad en el que pre­domina la imaginación en la búsqueda que hace el hombre de las causas y los princi­pios de las cosas; es una fase de gran importancia en la historia, pero el espíritu hu­mano debe evolucionar hasta apartarse to­talmente de ella. El segundo estado (meta­físico), es la abstracción del primer estado, la búsqueda de la esencia y de los conoci­mientos absolutos; etapa crítica y ontológi­ca en esencia en la cual se intenta explicar la naturaleza de los seres y sus causas; en ella, la naturaleza sustituye a Dios, porque el hombre se acerca a las cosas para expli­carlas. Constituye un paso intermedio entre el estado teológico y el positivo. El tercer estado (positivo) es real y definitivo, por­que en él todo está subordinado a la observación de las cosas, puesto que se buscan los hechos y sus leyes; no las causas ni los principios de las sustancias: es necesario atenerse a los que está puesto o dado. El espíritu positivo es relativo a nuestra orga­nización y situación; y las ideas son fenó­menos que salen del ámbito individual para extenderse al mundo social y colecti­vo; por eso dependen de la historia. Para Comte, el saber tiene una finalidad de pre­visión racional; lo mental depende de lo social y, por eso, las ideas gobiernan al mundo. Según él, la crisis de Occidente se debe al quebrantamiento del orden social por la metafísica crítica; el espíritu positivo tiene por objeto fundar un nuevo orden social bajo el lema orden y progreso, basados en la continuidad histórica y en el equilibrio social; bajo una autoridad social suficiente, solamente posible mediante la obtención de un saber positivo. A Comte se le considera como fundador de la sociología, que es, en principio, la conversión del estudio de la humanidad colectiva, en ciencia posi­tiva: la interpretación de la realidad histórica. La ley de los tres estados también se aplica a la sociedad, con sus tres respectivas etapas: la militar (hasta el siglo XII); la de los legistas (surgimiento de la clase media), que es altamente revolucionaria por ser de transición y la cual se disuelve por influencia especialmente del protestantis­mo; y la industrial (interés económico fundado en un poder mental y social). Comte convierte a la humanidad en religión, pues la considera la casi divina protagonista de la historia. Esa religión de la humanidad consiste en reunir en la humanidad todos los atributos que le corresponden como Gran–Ser (Grand–Étre) que es, en cuanto fin de las vidas individuales; así, pues, la moral positiva es el altruismo, vivir para los demás, como ya expresamos. A la humani­dad debe tributarse culto tanto privado como público: llegó a imaginar toda una organización de esta Iglesia, pero sin senti­do religioso, pues excluye a Dios de ella. Todo esto expresa su pensamiento sobre la necesidad de que en la organización de la vida social haya un poder espiritual. Su lema es: el amor como principio; el orden como base, y el progreso como objeto. Comte establece la siguiente jerarquía de las ciencias: matemática–astronomía–física–química–bilogía–sociologia. Esta jerarquía obedece a un orden de aparición, a una extensión decreciente y a una complejidad creciente; a su independencia y a su afini­dad. Como se observa en su esquema, la sociología es la disciplina más importante para Comte, debido a su carácter histórico y social. Considera imposibles la metafísica y la introspección (psicología). La filosofía aparece como una reflexión sobre la cien­cia; es una teoría de la ciencia. Esta es la causa de que en el siglo XIX la filosofía ocupe, si acaso, un papel muy secundario, ya que impera el espíritu positivo. Sin em­bargo, a pesar de la intención de Comte su teoría es filosofía. Sus principales obras son: Opúsculos; Curso de filosofía positiva; Discurso sobre el espíritu positivo; Catecis­mo positivista; Sistema de política positiva o tratado de sociología, que insinúa la religión de la humanidad.
[2] Herbert Spencer, (1820-1903). Filósofo inglés, nacido en Londres en el seno de una familia muy religiosa perteneciente a la pequeña burguesía; su padre era maestro de enseñanza primaria. Aunque en sus primeros años trabajó como ingeniero de ferrocarriles, pronto abandonó esta carrera para dedicarse a escribir. Pronto adquirió gran notoriedad y, en los últimos años de su vida, sostuvo una dura polémica contra el biólogo alemán Weismann acerca de la posibilidad de que los caracteres adquiri­dos se transmitan por herencia. Fue consi­derado por los seguidores del positivismo evolucionista como el Aristóteles del siglo XIX. Desde sus primeros trabajos filosóficos planteó la opción de concebir la evolución social de manera análoga a la orgánica y se propuso demostrar la importancia del con­cepto general de evolución en los distintos campos del saber, entre los cuales otorga un destacado lugar a la biología, la sicolo­gía, la sociología y la moral, aunque también se refirió con especial interés a la polí­tica y a la educación. Su sistema parte del análisis de las relaciones entre ciencia y religión y llega a la deducción de que la cien­cia se mueve en la esfera de lo relativo o condicionado, mientras la religión asume lo incognoscible como su objeto propio, atribuyendo, en cuanto más avanzadas son, una importancia cada vez mayor al misterio, y sólo a él Ciencia y religión para él, se complementan y se integran mutuamente, pues la ciencia al llegar a los márgenes de lo condicionado, nos pone en contacto con un absoluto inasible que escapa a la relatividad del conocimiento cientí­fico y que constituye el ámbito especifico de la religión. La filosofía es, para Spencer, el conocimiento en su más alto grado de generalidad y debe apoyarse en las más altas verdades descubiertas por las distintas ciencias, que son los principios de la con­servación de la materia, la conservación de la energía y la ley de la evolución que regu­la la continua redistribución de materia y energía; de esta manera, se concluye que la filosofía deberá ser una teoría generalísima de la evolución cuya misión será aclarar los más profundos problemas sobre la naturaleza y la humanidad. La sociología de Spencer es fuertemente individualista, has­ta el punto de explicar el desarrollo de la sociedad exclusivamente en referencia a las relaciones entre sus componentes. En cuanto a la ética, este filósofo explica los deberes como frutos del patrimonio ético lentamente acumulado por la especie, y transmitido por herencia a cada hombre; la tendencia interior hacia los sentimientos elevados es simplemente fruto de la expe­riencia que enseña que son el medio más fácil de alcanzar el bienestar; como el esta­do de la evolución humana no puede con­siderarse perfecto, la ética es sólo relativa, puesto que la ética absoluta surge en una sociedad perfecta, donde no existe la coac­ción y el único límite es la libertad del otro, pudiendo cada individuo dar pleno desa­rrollo a su vida y, sin embargo, armonizándola con la de los demás mediante un acuerdo recíproco, espontáneo e inquebrantable. Para lograr esta sociedad perfec­ta, todos debemos ayudar siquiera un míni­mo al despliegue de lo humano. Sus principales obras son: Principios de psicología; Es­tática social; Primeros principios; Sistema de filosofía sintética; Principios de biología; Principios de sociología; El individuo contra el Estado.